Okinawa

Teníamos tanto sueño que ni bostezábamos. Eso había quedado atrás hacía mucho tiempo. En aquel agujero en la piedra, dentro de otra enorme piedra volcánica en forma de isla que flotaba sobre el mar, la vida pasaba distinta a como pasaba en las calles de Nueva York, en la alegre Nueva Orleans, en la siempre difícil Chicago, en Boston, en Houston, en San Luis…



En Okinawa desayunábamos, almorzábamos y cenábamos metralla.

A veces era una sola detonación en la noche, y después, el silencio. Entonces sabíamos que el artillero japonés había sido certero y que acabábamos de perder a tres o cuatro compañeros en un segundo. Tres o cuatro vidas que habían tardado dos décadas en crecer y formarse, para después llegar hasta allí y desaparecer en la Historia en un solo segundo.

Otras, era el siniestro martilleo de una ametralladora enemiga, la respuesta de nuestra Browning; y después, el sonido de las armas sustituido por unos gritos que desgarraban la noche. Resultaba curioso, pero en japonés y en inglés el dolor se oía distinto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario