Él

Y de repente llegó. Nadie lo anunció, pero en cuanto el bullicio de las conversaciones cesaron dejando paso a un murmullo de expectación, supimos que había llegado. Yo me puse de puntillas intentando alzarme por encima de las personas que delante de mí hacían lo mismo con la intención de ver algo.

Cristoph me dio un codazo y sonrió con malicia. Para él no era la primera vez que asistía a uno de sus discursos.

Ante la atenta mirada de los que se encontraban más cerca, la comitiva avanzó por el pasillo central de aquel almacén en el que habían colocado un enorme escenario en uno de los fondos. Llevábamos veintiocho minutos esperándolo y yo tenía tanta curiosidad por conocer y escuchar por fin a ese hombre del que tanto me habían hablado, que le pedí a Cristoph avanzar un poco más entre el gentío para estar más cerca del escenario. 

-No te apures,- me dijo agarrándome del brazo -desde aquí lo escucharemos perfectamente.

Entonces, instintivamente volví a ponerme de puntillas y en ese momento vi a un hombre menudo, más bien pequeño, de pelo negro, subiendo los pocos escalones que habían hasta el escenario. Vestía un sencillo traje negro y se dirigió con decisión hacia el atril que lo esperaba. Y después, silencio.

Ya no necesitaba ponerme de puntillas para verlo, de hecho, ahora nos miraba él a nosotros, o miraba a algún punto detrás de todos al otro lado del almacén, o miraba a la nada. No estaba seguro. Me encontraba a varias decenas de metros de él, pero si me hubiesen preguntado en aquel momento de qué color tenía los ojos, hubiese podido jurar que los tenía azules.

Aguardábamos a que dijese algo, pero solo parecía mirar a la inmensidad. Así, los murmullos de expectación se fueron transformando progresivamente en un zumbido humano de nerviosismo e intriga. Al igual que para mí, para muchas de las centenares de personas que atestaban el recinto, aquella debía de ser la primera vez que acudían a uno de sus discursos.

-¿A qué espera?- le pregunté en un susurro ahogado a Cristoph.

-Tranquilo. No tardará- me respondió con suficiencia, acompañando a sus palabras con una sonrisa, sin apartar la vista del hombre sobre el escenario.

Entonces pareció que el hombrecillo que había permanecido durante minutos petrificado se movía. Dio la impresión de que balanceaba con sutileza el cuerpo, movió ligeramente la cabeza hacia ambos lados sin cambiar su expresión seria, bajó la vista hasta los papeles que tenía en el atril, alzó la barbilla, miró al fondo, a su derecha; alzó las manos que hasta entonces habían permanecido abajo, ocultas tras el atril, las puso en la parte superior, a los costados de éste; y como si fuese a tomar impulso para lanzarse sobre nosotros, le echó un último vistazo a sus papeles, tomo aire, y habló.


Su voz potente y masculina tronó por encima de nuestras cabezas. Subía y bajaba de volumen, a veces se convertía en un susurro igual al del viento cuando pasa con fuerza a través de la rendija de una ventana mal cerrada. Otras, recobraba la potencia inicial mientras sus brazos se estiraban y contraían, o sus manos se contorsionaban, golpeando el atril, o alzándolas al cielo.

Nos habló, nos estremeció, y nos impresionó. Sacudió nuestras almas y nos despertó del letargo en el que habíamos permanecido. Cuando terminó supe porqué todo el mundo hablaba de él y ya solo pude alzar el brazo y repetir una y otra vez su nombre.

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