Das Ende

La noticia llegó de la manera más inesperada. No podíamos creerlo pero había sucedido. El Führer nos había dejado, había muerto. Mi hermana Heike se echó a llorar, y papá giró la cabeza disgustado, refunfuñando algo entre dientes. Mientras, yo seguía atento a las funestas noticias que decía la radio.

¡Qué iba a ser de nosotros ahora! ¡Qué iba a ser de Alemania! Hans aún estaba en Berlin combatiendo a los rusos y enseguida temimos que esto pudiese marcar el final. Si el Führer no estaba, entonces Alemania estaba perdida, todo estaba perdido. El sueño nacionalsocialista que habíamos construido entre todos se acababa ahí, destrozado por nuestros enemigos bolcheviques.

Aquel día, cuando llegó la noticia, no supe como reaccionar. Me quedé paralizado por la propia incertidumbre de nuestros futuro como nación.

Pero días después, cuando Dönitz firmó la capitulación lo comprendí todo. Se había acabado. Aquella deseada y maldita guerra se había terminado. Se había terminado y conservábamos lo que tantos otros como mamá habían perdido. Seguíamos vivos.


2 comentarios:

  1. Genial el relato a mi me pone los pelos de punta

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    1. Gracias, Gloria. Fue el que escribí el otro día en el taller de escritura, solo que con alguna modificación. Me alegro que te haya gustado.

      Un saludo.

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