La vie en rose

Solíamos ir todas las semanas al teatro de rue de Chapelle. Allí actuaban en la función de las seis Benjamin Pinaut, y Marguerite Hinault, ambos judíos y amigos de mis padres. Nosotros poseíamos dos de las sastrerías más famosas de París. Una en Les Halles, cerca del Louvre, y otra en St Germain-Des-Prés. Una la llevaba mi padre, mientras que la otra la gestionaba mi tío. La moda era el negocio y la pasión de mi familia desde hacía generaciones. Sin ir más lejos, mi abuelo le había confeccionado un traje al mismísimo Gustave Eiffel. Todos nos conocían. Los Fournier éramos de los mejores modistos de toda la ciudad. Por eso todo el mundo se sobresaltó cuando la Gestapo nos confiscó los dos establecimientos.

El nuestro fue un robo más de tantos que cometieron los alemanes cuando tomaron Francia. Mi madre quiso llamar a su hermano, abogado en Toulouse, y denunciarlos; pero mi padre, que tenía la habilidad de ver el lado bueno de toda desgracia, respiró aliviado cuando le dejaron sacar la mercancía, las telas, los materiales y los trajes que ya tenía terminados. Casi se mostró agradecido con los alemanes. Nos dijo que habíamos tenido suerte, ya que si hubiésemos sido judíos no nos hubiesen dejado nada.

Después de eso siguió un tiempo trabajando en casa ayudado por nuestra madre, terminando los trabajos ya encargados, y haciendo también algunos nuevos que llegaban de los clientes más fieles. Pero cuando estos dejaron de venir, y la dificultad para conseguir materiales se hizo patente, lo tuvo que dejar.

Peor suerte corrieron nuestros amigos Benjamin y Marguerite ya que fueron inmediatamente despedidos de la compañía teatral para la que trabajaban.

Nosotros los escondimos unas semanas en casa, aunque el “escondite” no era otra cosa que una habitación perfectamente visible entre la mía y la de mi hermano Arsene. Corríamos un gran peligro. Mi padre tenía muchos amigos judíos, no solo ellos, y la Gestapo lo sabía, y nos vigilaba de cerca. Sabíamos el riesgo de tenerlos en casa, pero aún así no llegamos a comprender en aquel momento el favor que nos estaban haciendo Benjamin y Margarette cuando nos dijeron que se iban. Mamá guardó silencio, pero papá insistió en que se quedaran, alegando que aún podrían emigrar a Estados Unidos, vía Londres, lo cual, a aquellas alturas de 1940 era imposible.

Poco después nos enteramos de que intentaron llegar a Suiza, pero que los detuvieron cerca de Dijon. Nunca volvimos a saber de ellos, aunque muchos años después, en 1950, nos llegó una carta de Israel de una hermana de Marguerite agradeciéndolos todo lo que habíamos hecho por ellos.


Todo lo que recuerdo de los años de ocupación son penurias. Los alemanes a punto estuvieron de llevar a la ruina a nuestra familia, igual que hicieron con Francia. Pero otros lo pasaron muchísimo peor.

Por ejemplo, a nuestros vecinos, los Rommedahl, se los llevaron una noche. Sin violencia, sin gritos, sin golpes, sin empujones. Parecía que lo sabían y estaban esperando a que viniesen a por ellos. Claire me dijo que solo él, monsieur Rommedahl, era judío; pero que su mujer, cuyo apellido de soltera era Gignac, no. Pero que esos pequeños detalles no les importaban a los alemanes, que ella y los tres hijos que había tenido con él también eran judíos a sus ojos. Yo, con el paso de los años, pienso que si nosotros hubiésemos tenido los mismos negocios que tenían los Rommedahl, también hubiesen rastreado nuestra familia en busca de la gota de sangre judía que nos condenase.

Papá tenía razón. Habíamos tenido suerte de que solo nos quitasen los dos locales y después nos dejasen en paz.

Durante cuatro largos años París languideció bajo las miradas altivas y las altas botas negras de aquellos hombres. Los cabarets y los teatros, siguieron abiertos; los conciertos, las óperas, y los espectáculos siguieron representándose, pero la mayoría solo para los alemanes y para los colaboracionistas que se humillaban todavía más aceptando las invitaciones de sus opresores.

Puedo decir que nuestra familia sobrevivió con dignidad sin recurrir jamás a la ayuda o el favor de ningún alemán. Gracias a mi hermano mayor, Émile, que era médico (profesión que todavía los alemanes respetaban) obteníamos productos que le regalaban y que a los franceses de a pie se nos hacía difícil encontrar.

Papá y mamá siguieron remendando trajes y vestidos. Arsène, ante la desilusión general dejó sus estudios de Filosofía, y Claire y yo juramos no casarnos hasta que Francia fuese libre, como así hicimos en 1947 y 1948.

Todo aquel nefasto periodo de mi juventud lo recuerdo con tristeza, más que con rencor y rabia. El rencor y la rabia que sentí en un principio se me pasó con el paso de los años. Pero la tristeza por tantos amigos perdidos y tantas familias francesas rotas por la guerra y las calamidades de ésta es algo me pesa todavía como si llevase una losa sobre el corazón.


De aquel paréntesis oscuro guardo muchas imágenes grabadas a fuego en mi memoria, pero ninguna tan poderosa como el acto final de aquella trágica representación: la 2ª División Blindada francesa en los Campos Elíseos aquel 25 de agosto de 1944.

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