Talvisota

Tan fácil como escondernos y disparar.

Los rusos atacaban una y otra vez nuestras posiciones, al principio sin saber que eran nuestras posiciones.

Desplegados en una línea de treinta metros en el interior del bosque, había uno de nosotros cada tres metros. Ellos simplemente entraban en nuestro campo de tiro y disparábamos. Cada uno cubría una zona y rara vez se gastaba una bala de más al disparar dos hombres sobre un mismo objetivo. Era relativamente fácil cuando venían sin apoyo de la artillería. Pero si por el contrario apostaban una ametralladora y barrían nuestra zona de manera preventiva, cambiábamos nuestras posiciones e intentábamos eliminar a sus artilleros desde distintos ángulos para no revelar nuestra ubicación. Otra opción era replegarse y emboscarlos más adelante. Pero esto casi nunca ocurría.

La mayoría de las veces los rusos venían hacia nosotros sin más. En ocasiones los dejábamos que se acercaran y los matábamos a pocos metros de distancia. Y otras, cuando eran más numerosos abríamos fuego desde que podíamos. Entonces algunos trataban de esconderse tras los árboles, o se tendían sobre la nieve. Permanecían así durante horas, pero en cuanto corrían o se levantaban los abatíamos.


Los oficiales rusos fueron los más incompetentes que vi en toda la guerra. No me extrañó el rápido avance alemán dos años después. Ordenaban cargar a sus hombres una oleada tras otra. Ni siquiera se molestaban en saber desde dónde disparábamos. Y así, nuestra misión se hacía monótona y repetitiva. Pero los rusos no dejaban de venir. Paavo decía que era más fácil que cazar renos, porque a diferencia de los rusos, los renos venían hacia ti, y corrían mejor sobre la nieve cuando trataban de escapar.


Lo que más difícil se nos hacía era soportar el frío. Pasar tantas horas quietos, observando y apuntando nos mermaba. Había momentos en los que dejábamos de sentir los dedos de manos y pies. Pero cuando has nacido en esta tierra eres capaz de soportar toda la crudeza del invierno, y eres capaz de derramar hasta la última gota de tu sangre para defenderla.

Sin embargo, los rusos lo pasaban peor que nosotros. A sus numerosas bajas había que sumarles los problemas logísticos que presentaban algunas unidades pobremente equipadas. A menudo nos llegaban noticias de como sus tanques quedaban inmovilizados al no poder penetrar en la espesura de nuestros bosques, o de como malgastaban combustible al tener que dejar encendidos día y noche sus vehículos para evitar que éste se les congelase. Mientras tanto, nosotros derribábamos todos los aviones que podíamos y nos desplazábamos en esquí (el único momento en el que podíamos entrar en calor) por los bosques que tan bien conocíamos.

La guerra fue relativamente benévola para nuestra unidad. Sufrimos pocas bajas y los rusos sólo nos hicieron retroceder en un par de ocasiones. Para mí y mis camaradas, aquel periodo no fue más que un trágico paréntesis en medio del invierno.

Luego nos enteramos de lo de Suomussalmi y todo acabó.

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