Totenzug

Es curioso lo que la mente de un niño puede llegar a recordar. Todavía puedo sentir el intenso olor a cloro que tenían aquellos vagones. Y si cierro los ojos, puedo ver los brazos estirados de mi padre ayudándome a subir. 

Después de eso solo conservo una monotonía de recuerdos confusos. Los llantos de otros niños como yo, el terrible picor en los ojos que tuve las primeras horas hasta que se me pusieron terriblemente rojos e irritados, debido no solo al ya mencionado cloro, sino también a lo cargada que estaba aquella atmósfera de muerte. Pero por extraño que parezca no tengo memoria de haber pasado hambre. Se ve que la mente omite ciertos episodios que por repetitivos dejan de tener importancia.

En cuanto al viaje en sí, solo puedo decir que íbamos como sardinas en lata, como se suele decir hoy en día. Los niños como yo gozábamos de cierta "libertad" ya que podíamos gatear y arrastrarnos por el suelo formados por bastos tablones de madera. Éramos como ratas atrapadas buscando un resquicio por el que escapar, aunque en realidad para nosotros no era más que uno de los pocos divertimentos que podíamos encontrar. Un juego macabro en el que cada vez con más frecuencia teníamos que sortear los cuerpos de los que iban pereciendo.

De pie, el traqueteo del tren se hacía casi imperceptible, apenas teníamos espacio, y apretujados unos contra otros, formábamos un único bloque humano que solo se destensaba cuando uno de nosotros caía vencido por el cansancio que normalmente solía preceder a la muerte, si no formar parte de la misma.

Cuando el tren se detenía, unos respiraban aliviados y otros rezaban con más fuerza. Pero aquellas puertas hechas para contener el ganado que ahora éramos no se abrían. En cada parada escuchábamos gritos y órdenes, siempre gritos y órdenes. En esos momentos mamá me abrazaba con más fuerza. Los adultos tenían que soportar como podían la ansiedad de la incertidumbre, pero los niños teníamos el privilegio de no temer por lo que podía ocurrir a continuación.


De aquel viaje no sobrevivió nadie conocido al que poder consultarle todas las dudas que todavía albergo, pero mi mente infantil creyó calcular que al menos estuvimos cuatro días con sus noches viajando en aquel convoy cuyo camino y destino eran la muerte.

La gente a veces esboza una media sonrisa de incredulidad cuando lo cuento, pero cuando las puertas del vagón se abrieron, al menos media docena de cuerpos sin vida se precipitaron hacia afuera, dejando entrar una luz y un aire que hacía días que no sentíamos, y ofreciéndonos a su vez en la lejanía, la tétrica imagen de los barracones de Auschwitz-Birkenau.

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