Mis chicos

Éramos nosotros y esa playa. Nunca olvidaré sus caras en esos últimos antes de que bajara la rampa. Estaban asustados, todos lo estábamos, y es que ya podíamos escuchar el repiqueteo de las ametralladoras alemanas, y los gritos de nuestros compañeros dando órdenes y muriendo en la playa.

-¡Allá vamos, muchachos!- grité con una leve sonrisa intentando animarles.

La mitad de los hombres de aquella lancha de desembarco, la mitad de mis chicos, ni siquiera llegarían a pisar suelo francés. En aquel preciso instante, mientras el mareo les hacía vomitar, y se agachaban intentando esquivar los disparos que ya impactaban en el acero de la lancha, en aquel preciso momento, ya muchos estaban condenados.

Yo era su sargento, y ellos eran mis muchachos. Me sentía responsable de la vida de todos ellos. Jóvenes que habían dejado sus universidades y sus equipos de béisbol para servir a su país. Yo ya había visto la muerte en África, pero ellos veían ahora por primera vez el infierno.

-¡Atentos!- grité pero la lluvia de balas era ya tan intensa que apenas fui capaz de escuchar mi propia voz.

Entonces me jugué la vida, como tantas veces en aquella mañana y durante los meses siguientes, y asomé la cabeza por encima de la lámina de acero que segundos después caería y nos lanzaría a la muerte. En un solo vistazo me dio tiempo a ver como nos aproximábamos a la playa, y como había varias lanchas como la nuestra varadas en la arena, con parte de sus tripulaciones flotando bocabajo junto a ellas.

-¡Preparados para salir!- dije todavía sin creer el horror del desembarco de la primera oleada.

A mi espalda se escuchaban rezos y lamentos, y entre estos escuché el desagradable sonido de una arcada. Miré por encima de mi hombro derecho hacia atrás justo en el momento en que la embarcación sufría un súbito frenazo y la rampa bajaba.

Jamás olvidaré la cara de aquel chico, ni su nombre, ni su edad, ni de donde venía. Jamás olvidaría a todos los hijos que perdí en aquella playa. Marcus Craig había trastabillado en el momento más inoportuno y se había vomitado encima. Trataba de incorporarse y recoger su fusil cuando de repente, tres disparos impactaron en su cuerpo, devolviéndole para siempre al suelo de la lancha. Entonces volví a mirar al frente y justo en ese momento una bala silbó perdonando mi mejilla. No sé si muchos podrán decirlo, pero yo vi aquella bala. La vi en pleno vuelo, yendo a penetrar en el cuerpo de algún hombre a mi espalda.

-¡Fuera!- fue lo único que acerté a decir en aquellos momentos en los que seguí con vida mientras mis chicos morían.

Vi a los dos hombres que tenía a mi lado bajar la rampa y caer abatidos inmediatamente, y a otros tres pasar corriendo a mi lado y arrojarse a la arena.

-¡Saltad, saltad!

Dudo que llegasen a escucharme. Valiente o cobarde me arrojé por la borda de babor y todos los que seguían con vida imitaron mi acción con más o menos éxito.



Caí al agua como un peso muerto. Me revolví varias veces mientras me hundía, completamente desorientado, sin saber donde estaba la superficie y donde el fondo. Hasta que finalmente me hice con el control de mi propio cuerpo y nadé. O al menos lo intenté bajo el peso de todo mi equipo. Y me volví a hundir. Tragué agua, la superficie volvió a alejarse rápidamente, y mis botas tocaron el fondo arenoso. Me impulsé sacando fuerza de donde no las tenía, y en mi nuevo camino a la superficie varias ráfagas de disparos se internaron el agua. Por delante de mí, otros hombres en mi misma situación fueron alcanzados, y pude ver el agua teñirse de rojo en torno a ellos mientras progresivamente sus cuerpos dejaban de agitarse. Yo llegué arriba, y justo cuando mis pulmones volvían a llenarse de aire, una punzada de dolor estremeció mi brazo derecho. Volví abajo, pero esta vez el descenso fue mucho menor. Me había ido acercando a la orilla y ahora ya daba pie.

Coloreando el agua de rojo, jadeando, y luchando por no volver a hundirme, llegué a la orilla. Gateé, me arrastré tosiendo expulsando todo el agua que había tragado, y finalmente me dejé caer junto al cuerpo sin vida de un hombre. Las ametralladoras no habían dejado de disparar un solo segundo. Hoy, todavía las escucho cuando hay completo silencio.

Desorientado, exhausto, y habiendo perdido mi fusil y casi todo mi equipo, en aquel momento solo podía pensar en mis chicos. Pensaba en levantarme y reunir lo más pronto posible a mis muchachos, a los que aquella playa no se hubiese tragado. En cuanto a mi brazo, solo supe que había estado luchando con el bíceps desgarrado muchas horas después, cuando un sanitario se percató de la herida.

Ahora, tantos años después, todavía recuerdo la cara de aquellos niños antes de morir. Y recuerdo como horas antes en el desayuno devoraban salchichas y charlaban animadamente sin saber que muchos de ellos nunca volverían a casa. He tenido la fortuna de sobrevivir, y el privilegio de tener tres maravillosos hijos, pero cada vez que los abrazo me viene a la mente el recuerdo de todos los que perdí en Omaha.

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