3n¡gM4 (Primera parte)

El hombre de la gabardina gris metió el sobre en el buzón con la esperanza de que todos los meses de investigación y seguimiento no hubiesen resultado una pérdida de tiempo. Y cuando a la mañana siguiente una mujer salió de la casa, abrió el buzón, examinó con curiosidad el sobre marrón y volvió a entrar; el hombre respiró tranquilo desde la esquina de la calle, y desapareció con el mismo sigilo con el que había espiado durante tanto tiempo al dueño de aquella vivienda.

El hombre de la gabardina gris se imaginaba la escena. Carl Kershaw recibiría el extraño sobre de manos de su mujer y se sorprendería al comprobar sus iniciales escritas con tinta roja en él.

“Pone C.K.” Le diría ella sorprendida. “Esto tiene que ser para ti.”

“¿Qué es?”

“No lo sé. No lo he abierto. ¿Has encargado algo?”

“No. Déjame ver.”

Carl Kershaw, C.K., además de tener una mente privilegiada y ser casi un genio, era un hombre muy familiar. A aquellas horas estaría sentado a la mesa, desayunando con su esposa Margarethe, con la que llevaba cinco años casado; y su hija de tres años, Claire.

“¡Lo voy a abrir!”

Era un hombre curioso. Curioso y extremadamente inteligente, demasiado como para resistirse a un inofensivo trozo de papel.

“Ten cuidado. No me gustan estas cosas.” Le diría ella mientras él rasgaba el sobre con cuidado.

Del interior de éste caería una simple hoja cuyo críptico contenido no haría sino crear más misterio en torno al remitente y las intenciones de éste. Entonces Margarethe miraría preocupada a su marido:

“¿Qué es esto?” Preguntaría.

Él se limitaría a fruncir el ceño, examinar más de cerca la rara nota, y ponerse a trabajar de inmediato. Por algo era uno de los mejores matemáticos que había dado la universidad de Cambrige.



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