3n¡gM4 (Segunda parte)

Carl Kershaw tenía 48 horas para saber lo que decía la nota, pero en menos de 24 lo resolvió. Y cuando lo hizo, descubrió que apenas le quedaba tiempo para preocuparse.

Era una invitación. Quien la hubiese escrito lo citaba el 14 de marzo de aquel 1940, a las 15 horas y 9 minutos exactamente, en el 26 de Wallis Street, a tan sólo unos pocos kilómetros de su domicilio, en pleno corazón de Londres.




Así que cuando ocho minutos después de que el Big Ben marcase las tres de la tarde, Carl Kershaw apareció en Wallis Street, el hombre de la gabardina gris ordenó a sus hombres que se mezclaran entre el gentío y se apostasen en ambos extremos de la calle para comprobar que el matemático acudía solo a la cita, tal y como se le indicaba en el mensaje cifrado.

Carl Kershaw se detuvo ante un edifico de cuatro plantas, igual al de cualquier otro de la zona, y con cierto nerviosismo golpeó con los nudillos la puerta que llevaba un 26 de hierro en el centro. A su espalda se detuvo un hombre vestido con un exquisito traje negro que se encendió con tranquilidad un cigarrillo, y comenzó a mirar despreocupado la acera contraria. Allí otro hombre se sentaba oportunamente en un banco mientras desplegaba un periódico. Otros tres personajes más controlaban en una y otra acera la situación, asegurándose de que aquel prestigioso científico no se arrepintiese en el último momento y huyera.

-¿El señor Kershaw?- preguntó una voz ronca pero suave que se coló por el espacio que había dejado la puerta 26 de Wallis Street al abrirse.

-Sí- dijo simplemente Carl Kershaw con un nudo en la garganta.

-Adelante, por favor.

El individuo del interior abrió un poco, dejando el espacio necesario para que pasase el científico y volvió a cerrar.

-Sígame, por favor.

En la penumbra de la casa que tenía todas las cortinas pasadas, el matemático se percató de la sencilla vestimenta de aquel criado que sin duda hacía ya mucho tiempo que había pasado los sesenta años. Carl Kershaw no pertenecía a la clase más selecta de la vida pública londinense, pero había asistido al suficiente número de fiestas, recepciones, y cócteles como para asegurar que aquel era el mayordomo más desaliñado que había visto.

-Podría preguntarle... -se atrevió a decir el científico.

-No se preocupe. En breve podrá formular toas las preguntas que quiera- se limitó a decir el sexagenario.

El inusual criado llegó al final del estrecho pasillo que había recorrido y Carl Kershaw se sorprendrió al observar que una docena de escalones los conducían hacía abajo.

-Disculpe pero no bajaré ahí- dijo Kershaw armándose de valor.

Él era un académico, un investigador, un científico, un matemático, no un aventurero. Su sitio estaba en las bibliotecas, en las aulas, en los congresos de física y en las universidades, no en los estrechos y húmedos pasillos de una casa desconocida o en el sótano de cualquier lunático.

-Disculpe pero no bajo- repitió.

-No se preocupe- dijo el anciano en tono apaciaguador habiendo descendido unos peldaños -No tiene de que preocuparse, créame.

-No, lo siento- el científico que tragó saliva -Me gustaría marcharme.

-Puede marcharse se así lo desea- fue la voz que salió de aquel sótano y subió por las escaleras -pero pesará sobre su conciencia el haber abandonado a su país.

Las enigmáticas palabras, pronunciadas con decisión por una voz masculina penetraron en los oídos de Carl Kershaw, causándole todavía más desasociego y preocupación.

-¿Quién es usted?- preguntó el matemático con la boca seca.

-¡Baje aquí y le aseguro que se marchará con todas las respuestas!

Carl Kershaw, uno de los mejores matemáticos que había dado la universidad de Cambrige miró a su alrededor esperando encontrar la respuesta en alguna de las múltiples manchas de humedad de aquel pasillo.

-No tiene nada que temer- le dijo el anciano mostrándole su mejor sonrisa y haciéndose a un lado.

Confianza. Como confiar en dos personajes que lo habían reclamado con un mensaje codificado, que no declaraban sus nombres ni sus intenciones, y que ahora le pedían que bajase hasta un sótano donde podría encontrarse cualquier cosa.

Carl Kershaw suspiró, inspiró el aire frío de aquel pasillo, se ajustó las gafas, miró el rostro amable del anciano y bajó.

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