Seelöwe und Adler

La puerta lateral de uno de los despachos más espaciosos de la Cancillería se abrió y una figura menuda apareció en el pasillo.

-¡El Führer!- Anunció uno de los centinelas.

Con paso sereno el líder de Alemania irrumpió en el despacho donde cuatro hombres lo esperaban desde hacía varios minutos alrededor de una robusta mesa llena de papeles y mapas.

Adolf Hitler replegó el brazo derecho hacia atrás en un fugaz y monótono gesto y los cinco hombres saludaron al unísono con un Heil Hitler!

-¡La operación ha sido un éxito, mi Führer!- dijo un Göring exultante acercándose al lado de la mesa donde se había colocado el Führer.

Erich Raeder, Grossadmiral de la Kriegsmarine; y Walther Von Brauchitsch, comandante de la OKH, lanzaron una mirada de desconfianza al líder de la Luftwaffe que le tendía a Hitler los informes que a su vez le iba pasando su Jefe de Estado Mayor, Hans Jeschonnek.

-¡Hemos desplegado más de 1000 bombarderos y 700 cazas en esta última operación, y 3600 aeronaves desde julio! ¡Toda una proeza, mi Führer! ¡Toda una proeza!

El Canciller de Alemania repasaba en pocos segundos los papeles que le tendía el jefe de la fuerza aérea alemana y los dejaba encima de la mesa con indiferencia, sin que un atisbo de emoción aflorara en su rostro.

-Mi Führer, si me permite…-las palabras de Von Brauchitsch fueron ignoradas y quedaron diluidas por el discurso de Göring.

-¡En las últimas semanas hemos asestado un golpe durísimo a su aviación! Pero no sólo en lo que a destrucción de aparatos se refiere, sino que además el número de aeródromos e instalaciones…

-Pero la RAF sigue volando- dijo por fin el Führer interrumpiendo al Reichsmarschall, Hemann Göring.

-Sí, técnicamente sí,- se excusó Göring – pero frente a nuestras 40 bajas ellos han perdido un número total de aparatos de…

-Pero siguen contando son fuerzas suficientes como para repeler cada incursión que hacemos en su espacio aéreo.

El rostro redondo de Göring se inflamó de la ira y sus ojos ametrallaron al almirante Raeder, que acababa de intervenir.

-Disculpe, Grossadmiral, – comenzó diciendo Göring, tratando de controlar el volumen y tono de sus palabras – pero creo que las incursiones aéreas no forman parte de su disciplina.

-No,- dijo Von Brauchitsch apoyando al almirante – pero es una realidad que los británicos siguen conservando poderío aéreo suficiente como para hacer imposible la invasión.

-¡Eso es una falacia!- estalló Göring.

-¡Eso es la realidad!- replicó Raeder.

-¡La RAF está bajo mínimos!- apuntó Jeschonnek que hasta ese momento se había limitado a pasarle documentos a su jefe.

-¡No es suficiente!- respondió Raeder. – La Kriegsmarine no podrá cruzar el Canal hasta que la RAF haya sido destruida y cuente con el apoyo total de la Luftwaffe.

-¡La Operación Día del Águila ha sido un éxito!- exclamó Göring.

-¡No podemos conformarnos con eso!- dijo Von Brauchistch. – La parte más importante de León Marino sigue inacabada.

-¡Falso! ¡La Luftwaffe está cumpliendo su papel!

-¡BASTA!

El bramido del Führer retumbó por las paredes cubiertas de tapices de aquel despacho de la Cancillería y ahogó las palabras de Göring, que quedó en completo silencio al igual que los otros tres hombres.

En mitad de la mesa cubierta de papeles, a la derecha de Göring y Jeschonnek, y a la izquierda de Von Brauchitsch y Raeder, el Führer desplegó uno de los mapas y comenzó a examinarlo con las manos apoyadas en dos de las esquinas de éste. En él aparecía la mitad sur de Inglaterra en donde los aeródromos e instalaciones defensivas aparecían marcadas en rojo.

-¿Qué ocurrió en Londres?- preguntó Hitler al cabo de unos minutos.

Todos sabían a que se refería.

-Mi Führer, Londres…

Las palabras de Göring fueron interrumpidas por unos toques desde el exterior de la puerta que se abrió dejando ver la inconfundible silueta, baja y descompensada, de uno de los hombres más poderosos de Alemania.

-¡El Ministro de Propaganda, Herr Joseph Goebbels!

Apenas disimulando su más que evidente cojera, Goebbels entró en el despacho y estiró el brazo derecho ante su Führer.

-¿Qué hace él aquí?- preguntó Göring, tan sorprendido como el resto de los presentes.

-Mi presencia siempre es útil allí donde se discuta el futuro del Reich, Herr Reichsmarschall- contestó Joseph Goebbels con una sonrisa ladina.

Göring frunció el seño contrariado, Raeder y Von Brauchistch intercambiaron una mirada cómplice, y Jeschonnek bajó la cabeza y ordenó los papeles fingiendo no haber entendido al ministro. Una reunión en la que se discutía un tema estrictamente militar, hacía que la presencia del Ministro de Propaganda fuese innecesaria a juicio de todos.

-¿Qué ocurrió en Londres?- preguntó de nuevo Hitler, que ajeno a todo no había apartado los ojos del mapa y repasaba ahora los puntos que indicaban la posición de los aeródromos más importantes.

-Se desorientaron, Mi Führer,- comenzó Göring con una sonrisa nerviosa- debe usted comprender que en el aire los pilotos en ocasiones…

-Londres no se podía atacar sin mi consentimiento- dijo Hitler con frialdad, despegando su eléctrica mirada azul del mapa y clavándola en los ojos del antiguo aviador.

-¡Lo sé, lo sé, por supuesto!

-¿Sabe lo que le ha costado a Alemania el error de sus hombres?

El volumen de la voz del Führer comenzaba a alterarse. A su derecha Goebbels observaba con desconocimiento los mapas, y al otro lado, el corpulento jefe de la Luftwaffe buscaba su mejor sonrisa y el argumento más convincente para aplacar el aluvión de críticas que estaba a punto de recibir. Lo último que quería era quedar en evidencia ante Raeder, Von Brauchiscth, y el intruso de Goebbels.

-¿Acaso cree que el enemigo se ha quedado de brazos cruzados ante un ataque como ese?

-¡Soy perfectamente consciente de lo sucedido, Mi Führer!

-¿Podemos tolerar acaso, represalias como la que hemos sufrido? ¿Podemos tolerar otra violación de la capital del Reich de Todos los Alemanes?

Ahora hablaba para todos. Daba golpes en la mesa, sus dedos se movían por el papel y de repente su mano se convertía en un martillo que golpeaba con fuerza aquellos mapas, aplastando simbólicamente aquellas ciudades, aquellas carreteras y aquellas defensas costeras que impedían la invasión.

-Mi Führer, los daños del bombardeo sobre Berlín han sido mínimos- se atrevió a decir Göring.

-¡Una bofetada no se mide por la fuerza y la marca que deja sobre la piel! ¡La bofetada ofende por ella misma!- Exclamó Hitler con los dos puños cerrados sobre la mesa -¡No importan los edificios dañados, o el número de vidas que este ataque haya causado! ¡Importa el golpe, importa el gesto! ¡Importa que el enemigo se haya atrevido a alzar la mano contra nuestra Patria! ¡Eso es lo que importa! ¡Y esto es lo que nunca, jamás, en ninguna circunstancia podemos volver a permitir!

Se hizo de nuevo el silencio y los cinco hombres disimularon como pudieron la incómoda situación. Von Brauchistch y Raeder volvieron a los mapas buscando la forma más rápida y segura de cruzar el Canal de la Mancha, Göring solicitó a su ayudante Hans Jeschonnek los informes sobre las últimas estimaciones de los Spitfire que le quedaban a la RAF, y Goebbels sonrió complacido por el discurso que acababa de oír.

-¿Cuál es la situación de la flota, Grossadmiral Raeder?- preguntó el Führer tras una larga pausa.

-Mi Führer, a día de hoy la Kriegsmarine no podría hacer frente a lo que supondría el transporte de tal cantidad de tropas,- expuso Raeder con sinceridad- y menos aún si tenemos en cuenta que el objetivo primordial de León Marino todavía no se ha cumplido- el Grossadmiral lanzó una mirada hacia Göring en el otro lado de la mesa, que seguía inmerso en los informes, fingiendo no escuchar.- Pero no sólo se trata de la RAF. La Royal Navy sigue siendo una flota inigualable, tanto que sólo con una RAF desaparecida y con toda la Luftwaffe a nuestro servicio podríamos tener alguna oportunidad de cruzar el Canal de la Mancha con nuestros barcos. De cualquier otra manera se nos haría imposible combatir con la marina británica en el Canal y a la vez llevar a cabo el transporte de tropas, vehículos, y material

-¿Von Brauchiscth?

-El número y la disposición de las de unidades han sufrido modificaciones desde julio, pero de inicio el Grupo de Ejércitos A del general Von Rundstedt podría desplegar hasta 260000 hombres en tres oleadas- dijo Von Brauchiscth- Pero Mi Führer, tengo que decirle que los comandantes Busch, Strauss, y Reichenau no podrán mantener sus posiciones en las distintas islas del Canal si no les hacemos llegar unidades Panzer en una segunda oleada. Coincido con el almirante Raeder en que León Marino no puede llevarse a cabo si antes la Luftwaffe no ha eliminado por completo la RAF.

-¿Y la unidad de Kurt Student?

-Desde el OKH la unidad paracaidista de Student cuenta con nuestra total aprobación, Mi Führer- confirmó Von Brauchitsch.- Consideramos que es apta para la misión que se le tiene reservada, pero nos encontramos ante la misma situación. No podremos enviarla a Dover si la RAF continúa volando. Y permítame añadir que será sacrificada en vano si la Kriegsmarine no es capaz de hacerle llegar apoyo inmediato entre la primera y segunda oleada.

Adolf Hitler observó la ciudad de Dover en el mapa y fantaseó con la idea de lo que supondría lanzar desde los cielos una unidad paracaidista alemana sobre uno de los puertos más importantes para los británicos. Sin duda sería un duro golpe, una demostración de fuerza, pero no sólo de fuerza, también de poderío tecnológico e inteligencia militar.

-¿Qué nos puede ofrecer la Luftwaffe en los próximos días?

-¡La absoluta y total destrucción de la Royal Air Force, Mi Führer!- respondió Göring sin dudarlo.

-Alemania no puede esperar- fue la sentencia de Adolf Hitler.- Inglaterra debe caer, y caerá, pero no debemos olvidar donde se encuentran los verdaderos enemigos de nuestra causa.

Las comisuras de los irregulares labios de Goebbels se estiraron hacía arriba en una mueca reptiliana de satisfacción, mientras los demás intuían o no llegaban a comprender el sentido de las palabras del Führer.

-¡Inglaterra se rendirá, con o sin los métodos de León Marino! Ahora son nuestros enemigos, pero pueden llegar a ser nuestros aliados, sólo hace falta mostrarles la fuerza de nuestra Nación, tal y como estamos haciendo. Pero más allá, en el Este, se esconde el problema radical que asola y pudre a Europa y a Alemania. Es una amenaza, una amenaza grave, y debemos hacerle frente.

-El judío y el bolchevique son dos ratas hermanas en una misma madriguera, y el astuto zorro alemán debe capturarlos en su oscuro y húmedo escondite- las palabras de Goebbels complementaron de manera muy oportuna a las de Hitler, y todos comprendieron porque había sido invitado a la reunión.

-La Luftwaffe seguirá bombardeando los puntos estratégicos enmarcados en León Marino- apuntó el Führer.- Pero ahora además deberemos tomar en cuenta las ciudades. Alemania ha sido tocada en su orgullo y así como un hijo defiende a una madre cuando el honor de ésta es puesto en entredicho, los hijos de Alemania debemos demostrar que no pasaremos por algo el bombardeo sobre Berlín. Tenemos que demostrarle al pueblo inglés que estamos dispuestos a llegar hasta el final y que no nos temblará el pulso a la hora de atacar los puntos más sensibles de su anatomía.

-Entonces, ¿hasta cuando seguiremos adelante con los preparativos de la invasión?- Preguntó Von Brauchitsch.

-Hasta que se definan nuevos objetivos en el Este- respondió Goebbels con rapidez y frialdad.- Ribbentrop está ultimando una alianza que nos hará ganar tiempo, pero que no nos debe desconcentrar de nuestro objetivo final: librar a Alemania y al mundo de la conspiración judeo-bolchevique.

-Inglaterra acabará pidiendo la paz, no tengan ninguna duda- aseguró el Führer.- Eso es cuestión de tiempo, y el cómo no importa.





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