The Screaming Eagles


Cómo contar lo que se siente cuando estás a punto de aterrizar en el infierno. O al menos aterrizar era lo que pensábamos que íbamos a hacer. Pero la realidad fue distinta. En el interior de aquel C-47 se respiraba la tensión, pero estábamos demasiado nerviosos, demasiado paralizados como parecer asustados.

Marcus fumaba. Aquel canalla se había acostado con todas las chicas de Inglaterra, y ahora miraba al infinito con una media sonrisa mientras sujetaba un cigarrillo humeante con la mano derecha a la altura de la cabeza. Clive rezaba como casi siempre, con las manos delante de la boca. El murmullo de sus oraciones llegaba hasta Joe, sentado a su izquierda, y enfrente de mí. Joe mostraba su típica expresión de indiferencia y a veces me miraba como quien mira a un viejo conocido en un viaje de tren, y si se hubiese quitado el uniforme, las pinturas de camuflaje de la cara, y los 40 kilos de equipo que llevaba encima, eso es lo que hubiese parecido, un joven que viaja en un vagón de tren hacia la facultad o a su puesto de trabajo.

Por mi parte me gustaría decir que pensaba en casa, o que pensaba en la muerte. Pero lo único que tenía en mente era que se abriese el paracaídas. Repasaba una y otra vez el mecanismo que me iba a salvar la vida. Sin embargo, lo único que podía hacer llegado el momento, era lanzarme y esperar la sacudida. Nos habían asegurado que el paracaídas era 100% fiable, y lo cierto era que no habíamos sufrido ningún percance durante los entrenamientos. Pero si teníamos que morir, ninguno quería hacerlo el día de la invasión, estrellados contra la tierra que habíamos venido a liberar.

De repente el avión dio una sacudida. Nos miramos de manera instintiva y por primera vez vi el miedo en los rostros de aquellos hombres fuertes y decididos. Los alemanes nos estaban dando la bienvenida con todas las baterías antiaéreas que tenían.

Me asomé a una de las ventanillas intentando ver algo, pero estábamos atravesando un banco de nubes y no logré ver las tímidas luces que, según nos habían dicho, encontraríamos salpicando la campiña normanda.

Un resplandor rojo iluminó la cabina y nos pusimos en pie. Nos acercábamos a la zona de lanzamiento.



Marcus me guiñó un ojo justo cuando el avión daba un bandazo que estuvo a punto de hacernos caer unos encima de otros. Se escucharon tímidos murmullos que cesaron en cuanto el piloto giró bruscamente y tuvimos que agarrarnos los unos a los otros para no caer.

“¡Preparados!” Dijo segundos después el jefe de salto.

Un muchacho a mi lado masculló una maldición y dos fogonazos a ambos lados del aparato me advirtieron de que los alemanes estaban haciendo blanco.

“¡Nos acercamos! ¡Todos listos!”

Escuché dos palabras de la apresurada oración de Clive, varios metros por delante de mí y el avión subió y bajó bruscamente, haciendo patente la utilidad de los cascos antes de que llegásemos a pisar tierra enemiga.

“¡Enganchaos!”

Recibimos con alivio aquella palabra, y una sucesión de desacompasados clics recorrió la cabina mientras los mosquetones nos unían al cable que pasaba sobre nuestras cabezas.

“¡Comprobación!”

La tensión dentro de mi cabeza ya era máxima en ese momento. Con manos temblorosas comprobé el enganche del compañero que tenía delante (Hawking, creo que se llamaba, no lo volví a ver después) mientras escuchaba los sucesivos “OK!” de mis compañeros.

Los rugidos de los motores se habían apoderado por completo de la cabina. Ya no se oía ni un tímido murmullo. Había llegado la hora y nadie decía nada. De hecho ya hacíamos bastante con permanecer allí de pie, y seguir respirando bajo el peso de todo el equipo.

Y por fin llegó la orden de saltar.

Creo que apenas habían logrado salir del avión tres o cuatro hombres cuando una batería antiaérea acertó en el ala izquierda. Sentimos un súbito batacazo, luego el piloto maniobró de una forma que no sabría definir, y segundos después todos estábamos por los suelos, magullados.

“¡Fuera! ¡Fuera!” Escuché bramar al jefe de salto por encima del estruendo de los motores y los disparos.

No sé cómo, logré ponerme de pie y observé la pobre escena de la mitad de los siete u ocho hombres que tenía delante intentando levantarse. De nada hubiese servido intentar ayudarlos, habría terminado otra vez en el suelo, tendido en el estrecho pasillo junto a ellos.

“¡Vamos! ¡Vamos!” Continuaba el jefe de salto que aún hoy me pregunto cómo consiguió permanecer en pie.

En aquel caos no lograba a saber la situación de Marcus, Clive, y Joe. Pero poco a poco los hombres que estaban delante de mí fueron incorporándose y saltando, mientras yo, con una paciencia que no sé como pude llegar a albergar, aguardaba mi turno.

Sólo me di cuenta de que el avión estaba perdiendo altura y de que iba a estrellarse cuando llegué a la puerta de la cabina, la puerta que me iba a salvar de la muerte para mandarme directamente al infierno.

Y salté, observé la negrura moteada de lucesitas, tragué saliva, y salté.

Fui el último en salir con vida de allí. En todo lo que duró la guerra no volví a ver a ningún otro hombre de mi unidad que hubiese estado por detrás de mí en el salto. Quiero pensar que algún otro lo consiguió, y que no fui el último en salvarse de acabar desintegrado contra Normandía. Pero cuando días después en tierra me pude reunir con Clive y Joe, una cosa quedó clara, y era que Marcus, el canalla más honorable que había conocido, no había logrado salir de aquel avión.

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