Geli



 Relato de FICCIÓN histórica
para la sección El Reto Histótico


Lo había hecho. Su querido tío Adolf estaba muerto. Jamás se creyó capaz de hacer algo así. El cuerpo de uno de los hombres más influyentes de Alemania yacía en el suelo, bajo el marco de la puerta de su habitación, en el lujoso apartamento del número 16 de la Prinzregenteplatz de Munich.

La presión había podido con ella. Demasiadas normas, demasiadas reglas y hábitos que no se adaptaban a su formar de vida ni a lo que tenía reservado para sí misma en el futuro. Quería ser libre, necesitaba serlo. Al principio pensó que irse a vivir con su rico y famoso tío era lo mejor que podía pasarle, que era la oportunidad perfecta para relacionarse con la gente importante y que aquello le abriría muchísimas puertas. Pero no. Poco a poco todo se fue tornando en una pesadilla.

Y aquella noche su paciencia y su desesperación habían alcanzado el límite. La enésima y colérica negativa de su tío la había llevado a echar mano de la pistola Walther que él mismo le había regalado y que guardaba en un cajón de su cómoda. Y así, cuando él daba media vuelta y se marchaba, había gritado, había lanzado un prolongado y liberador chillido que como si de un automatismo se trataba, la había llevado a tomar la pistola y disparar sin apenas apuntar.

Nunca antes había disparado un arma. La propia víctima le había enseñado algunas nociones, pero se sorprendió de su buena puntería cuando vio a su tío caer fulminado bocabajo entre leves estertores que pronto cesaron.

Quizá aún estuviese vivo, pero ella no sentía el valor para averiguarlo.

Sollozaba, quería reír, y quería llorar y llorar hasta que se le acabasen las lágrimas. Acababa de dar muerte a su guía y protector, y quién sabe si también al futuro guía y protector de todos los alemanes.

Y de repente el muerto se movió.

Pareció querer levantarse y Geli soltó la pistola que todavía sujetaba con manos temblorosas en mitad de su crisis de nervios, y ahogó un grito llevándose las manos a la boca.

La sobrina de uno de los hombres más influyentes de Alemania cayó al suelo de rodillas, como si se acabase de dar cuenta de lo que acababa de suceder. Titubeante como si no conociese el camino hasta la puerta, comenzó a gatear hacia el cuerpo de su tío, reprimiendo el llanto para no alterar al personal de servicio de la casa.

Respiraba levemente, Adolf Hitler aún respiraba. Geli se acercó un poco más y pudo comprobar como trataba de balbucear unas palabras. Estaba demasiado débil pero seguía vivo. No lo había matado, pero pronto estaría muerto si ella no hacía algo… o si dejaba de hacerlo.

Geli Raubal escuchó unas voces que provenían del piso inferior. Julius Schreck, el chófer de su tío estaba inquieto, Hitler se estaba retrasando incluso más de lo que era habitual en él.

Geli pensó rápido. Sacó fuerzas de donde no las tenía y como pudo, arrastró el cuerpo de su tío hacia el interior de la habitación. Por suerte no había ni rastro de sangre en el suelo. El disparo había sido en la espalda, a traición, de la peor manera posible. Intentando hacer el menor ruido posible cerró la puerta justo cuando George Winter, el jefe del servicio decía: “Está hablando con la señorita Raubal.”

El corazón le latía muy deprisa. Schreck, el chófer que su tío había contratado tras despedir a su amado Emil, subía las escaleras acompañado al menos por otra persona. No tenía ninguna posibilidad de escapar. Saltar por la ventana era lo mismo que el suicidio. Y las mentiras tampoco valían. ¿Qué iba a decir? ¿Qué había sido un accidente? ¿Qué le estaba enseñando y la pistola se había disparado sin querer matando a su tío? Su tío que todavía seguía con vida… O al menos lo estaba hacía unos minutos.

La muchacha se despegó de la puerta contra la que había estado apoyada intentando calmarse y corrió hacia el cuerpo de su tío. Esta vez si parecía muerto. Tenía los labios firmes, sellados; y todo el cuerpo rígido, inerte. A Geli le dio un vuelco el corazón. Pero entonces se percató de que respiraba levemente. Con sumo cuidado, haciendo algo que no sabía si era recomendable hacer le dio la vuelta. Ahora bocarriba, le parecía que respiraba mejor. Tan solo era una leve respiración, pero seguía con vida, y de esta manera se podía decir que ella también.

Ya habían llegado arriba. Las voces de Schreck, y las de Anny y George Winter, los mayordomos de la casa, estaban cada vez más cerca.

Entonces Geli se abalanzó de nuevo hacia la puerta y cerró por dentro con llave.

-¿Señorita Raubal, está usted ahí? ¿Se encuentra su tío con usted?- preguntó Anny Winter.

Si no habían oído el disparo seguía teniendo una oportunidad, podía seguir ganando tiempo.

-Señorita Raubal, Herr Hitler llega tarde a su cita.

Esta vez fue el chófer quien habló y acompañó a sus palabras con el sonido de sus nudillos llamando a la puerta. El creciente nerviosismo indicaba que sospechaban que algo no iba bien.

Geli no pudo contener por más tiempo su llanto. Suave y lastimeramente empezó a llorar sin consuelo, muy bajo para que no la oyeran, acurrucada junto a su cama con las manos en la cara.

-¡Abra la puerta INMEDIATAMENTE señorita Raubal!- dijo en tono imperativo George Winter.

-Mi Führer, ¿está usted ahí?- preguntó Schreck accionando el picaporte.

Todo había terminado. La iban a descubrir. No podría ocultarse eternamente, algún día tendría que abrir la puerta. En algún momento la iban a lograr forzar desde fuera.

-¡Busque las llaves de esta maldita puerta!

-¡Sí, señor, de inmediato!

¡Se acabó el sueño de ser cantante! ¡Se acabó la fama y la notoriedad nunca alcanzadas! ¡Se acabó mamá y sus ansias de que tuviera una vida acomodada llena de placeres! ¡Se acabó Emil Maurice! ¡Se acabó tío Adolf!

-¡Esto tendrá consecuencias! ¡Díganos que está pasando y abra la puerta!- rugió el chófer mientras George Winter se alejaba en busca de otro juego de llaves.

Geli Raubal sólo podía llorar sabiendo que su destino ya estaba sellado. Lo acaba de sellar nada más efectuar el fatal disparo.

Pero el Führer se resistía a perecer de una forma tan burda. Con horror Geli contempló como sus movimientos eran cada vez más evidentes. Le costaba respirar, parecía que la bala le había atravesado un pulmón, incluso hizo un amago de toser pero sus labios sólo llegaron a torcerse en una amarga mueca.

Y durante un segundo Geli pensó en hacer por él. Pensó en abrir la puerta, dejar que entraran y que intentaran salvarle la vida. Contar que todo había sido un error, un accidente, una torpeza suya manipulando el arma; después de todo, no era más que una “joven inocente”, la protegida de su tío, el que se iba a convertir en el hombre más poderoso de Alemania. Pero no. Nadie la creería, ni siquiera en el caso de que su tío sobreviviera, el agitador de masas más importante de Europa.

Un forcejeo, un ruido llegó del pasillo y la llave con la que Geli había cerrado comenzó a agitarse en la cerradura.

-¿Qué pasa?- preguntó Anny Winter.

-¡Ha cerrado por dentro y ha dejado la llave dentro de la cerradura! ¡No entra!- explicó George Winter.

-¡Pues haga que entre!- dijo en tono imperativo Schreck, el chófer.

-¡Eso intento!

No. No podía salvar la vida de su tío porque ya la suya estaba condenada. Tenía que acabar con él. Tenía que matarlo de una vez y para siempre y acabar con el monstruo que tanto la había hecho sufrir.

Decidida, luchando por no derramar las últimas lágrimas, Geli Raubal, la medio sobrina de Adolf Hitler se puso en pie tras recoger la pistola que él mismo le había regalado.

-¡Rápido!- dijo alguien desde fuera. Había más personas en el pasillo.
La joven avanzó hasta el hombre moribundo que luchaba por seguir respirando, y con un temblor de todas sus extremidades que apenas le permitía sujetar el arma y mantenerse en pie, Geli Raubal apuntó a la cabeza de su tío. Quiso decirle unas últimas palabras pero no pudo. Disparó y la bala impactó en el parqué a pocos centímetros de la oreja izquierda de Hitler. Afuera se desató un auténtico vendaval de voces y golpes nada más producirse el disparo y la puerta comenzó a temblar con violencia, como si de un momento a otro fuese a ser arrancada de sus bisagras.

Geli apuntó de nuevo, y tratando de dominar mejor el temblor de sus manos disparó por segunda vez…

Pareció que un trueno hubiese reventado dentro de aquellas cuatro paredes. La detonación sonó más alta y nefasta que nunca, pero para Geli Raubal, la protegida del líder del Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes, aquel disparo sonó como una salva de cañonazos conmemorando su liberación. El Führer estaba muerto. Ahora ya no había dudas. Aquella mancha roja en su frente, borrosa tras el velo de lágrimas de la muchacha, indicaba que por fin lo había hecho. Había consumado el acto que tan secretamente había deseado durante tanto tiempo.

Y ahora era su turno.

Aquella historia no iba a tener un final épico y heroico como las óperas que tanto le gustaban a su tío. No. Aquella última escena iba a terminar de la peor manera.

Geli Raubal se introdujo el cañón de la Walther de 6,35mm en la boca, y en ese momento, la puerta se abrió…


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