Ninguna parte


Nadie sabía cómo se llamaba aquel pueblo. Sólo sabíamos que estábamos en el corazón de Ucrania, en algún punto junto al Dnieper, a unos cuarenta kilómetros al sureste de Kiev, en mitad de ninguna parte.

Nos habíamos levantado en nuestros cuarteles en Kiev cuando todavía era noche cerrada, y habíamos llegado a aquel diminuto poblado cuando despuntaba el día. Hacía el frío más espantoso que se podía imaginar. Aquella era la aldea más pobre que habíamos visto, no las había así en Alemania, y esta era con diferencia la más pequeña que nos habíamos encontrado. Treinta o cuarenta casas de madera, o chatas como las llamaban por aquellas tierras, un camino de tierra que pasaba entre ellas, y la yerma planicie ucraniana. Nada más.

Descendimos de los camiones y pusimos pie en tierra. Éramos una compañía entera que esperaba encontrar allí algún foco de resistencia, un nido de partisanos, un punto aislado en mitad del enorme mapa de Ucrania que se resistía a nuestra ocupación. Pero no. Éramos una compañía entera, en mitad de ninguna parte, muriéndonos de frío, con los fusiles temblándonos en las manos, sin saber porque estábamos allí.

Pero enseguida apareció el teniente Schimidt. Era un hombre valiente y decidido, apenas unos años mayor que nosotros, alguien honorable en quien se podía confiar, hasta aquel día.

Él tampoco pareció contento al comunicarlo, pero nuestra misión consistía en “despejar” aquel lugar, expulsar a todos los habitantes de sus casas, quemar éstas después, y a continuación, separar a aquella gente en dos grupos: los hombres a un lado, y las mujeres, los niños, y los ancianos al otro. Y después, esperar a que llegase un pelotón de las SS. Nosotros éramos una compañía, y de las SS sólo venía un pelotón. No lo entendíamos.

“¡Nos han jodido! ¡Esos cabrones quieren que le hagamos el trabajo sucio!” Recuerdo que dijo Max Kreutz escupiendo al suelo con rabia cuando el teniente terminó de hablar. Max fue uno de los hombres más suspicaces que conocí en mi vida, rara vez emitía un juicio equivocado. Y aquella vez no se equivocó.

Después nos dividieron en pequeños grupos de tres o cuatro hombres por cada casa y comenzamos la tarea.

Irrumpimos en las casas sin ningún cuidado y sin ningún pudor. Nos habían apremiado a hacerlo rápido porque los SS ya estaban de camino y nos afanamos por cumplir nuestra misión. Rompimos puertas a patadas, volamos de un disparo las cerraduras que se resistían, sacamos al gélido amanecer a aquella pobre gente, muchos todavía a medio vestir. La mayoría no sabía qué estaba sucediendo, y nosotros no llevábamos ningún intérprete. Les gritábamos órdenes en nuestro idioma, y ellos a su vez nos respondían en el suyo. La comunicación era imposible, así que simplemente los empujábamos, les dábamos patadas, los golpeábamos con nuestras armas, y los sacábamos a rastras si hacía falta. No nos importaba si a la que agarrábamos de los pelos era una niña, una mujer, o una anciana inválida que no podía valerse por sí misma; lo hacíamos sin más. Ahora me avergüenzo, pero así fue, eso hicimos, sin ningún remordimiento.

Los reunimos a todos en el centro de aquel paupérrimo y frágil poblado, y con los mismos golpes, patadas, y empujones, separamos a los hombres del resto. Muchos no querían separarse y tuvimos que emplearnos a fondo. Nuestras órdenes eran no abrir fuego, así que como contrapartida tuvimos que repartir más de un culatazo en el pecho y a la altura de los riñones para controlarlos. Matthias Sommer, un chico que hasta ese momento no había protagonizado ningún acto violento, le dio una patada a un niño muy pequeño y lo hizo volar varios metros. Él mismo tenía un hermano de esa edad.

Antes de que nos diese tiempo empezar a quemar las casas llegaron los SS. Apareció por el mismo camino de tierra por el que habíamos llegado nosotros un Kdf-Wagen seguido de dos camiones. Habíamos escuchado muchas historias acerca de aquel grupo de las SS, pero hasta que los tres vehículos se detuvieron y descendieron sus ocupantes no conocimos realmente a los Einsatzgruppen.

Por la puerta del copiloto del Kdf-Wagen bajó el jefe de los asesinos, tan asesinos como nosotros. No se presentó, no dijo nada, no nos agradeció el infame trabajo que habíamos hecho, apenas nos miró. Nosotros no le interesábamos. Mientras sus hombres bajaban de uno de los camiones pasó la mirada por el grupo de mujeres, niños, y ancianos que custodiábamos. Y después, con más detenimiento, observó a la treintena de hombres a los que tanto nos costaba mantener separados de sus familias. Entonces se abrió su largo abrigo de cuero negro, sacó una cigarrera de uno de los bolsillos interiores de su guerrera, y comenzó a fumar, allí, de pie, entre la muchedumbre que tiritaba muerta de frío y de miedo, y la treintena de hombres de aquel pueblo del que muy pronto no quedaría nada.

Los catorce Einsatzgruppen tomaron el control de la situación y nos apartaron de mala manera, casi de la misma forma en que nosotros habíamos echado a aquellas personas de sus casas. Entonces les ordenaron a los hombres que subieran a uno de los camiones, y como respuestas a sus protestas éstos recibieron una lluvia de culatazos, empujones, patadas, y puñetazos mucho peores que los que habían recibido por parte de nosotros. Después, los Einsatzgruppen se ocuparon de las mujeres, los ancianos, y los niños.

Mientras dos de ellos se aseguraban a punta de fusil de que ninguno de los hombres bajase del camión, el resto se encargó de colocar a la primera docena de personas contra el muro de una de aquellas pobrísimas chatas, cada persona separada un metro de la otra. Madres junto a sus hijos, niños junto a muchachas demasiado jóvenes para que fuesen sus madres, ancianos a los que les costaba mantenerse en pie… Unos lloraban, otros no; unos tenían el rostro compungido sin derramar una sola lágrima, otros serios y estoicos, otros indiferentes; una chica de no más de quince años con la mirada perdida en algún punto muy lejos de allí, una anciana triste, un hombre muy mayor que murmuraba algo inteligible, una niña que ya parecía muerta; y muchos, muchos de muy corta edad completamente ignorantes del destino que les aguardaba. Todos frente al pelotón de Einsatzgruppen perfectamente formado, con los cañones de los fusiles apuntando hacia ellos.






Creo recordar, que en el último segundo, antes de la primera andanada, busqué con la mirada al teniente Schmidt. Pero el sonido seco de doce cuerpos cayendo al unísono sobre la dura tierra congelada de aquel pueblo hizo que mi mirada se volviese hacia la matanza.

Ahora, tantos años después, me pregunto cómo pudimos hacerlo, cómo pudimos permitirlo. Nuestra compañía era diez veces más numerosa que aquella banda de criminales, pero no hicimos nada. Asistimos impasibles a las trece tandas de disparos que acabaron con las vidas más vulnerables de aquel lugar, un pueblo del que nadie conocía el nombre, en mitad de ninguna parte.

Y todo acabó.

Ciento cincuenta y cuatro personas fueron asesinadas junto al muro de madera de aquella pobrísima casa, y tres hombres más murieron cuando saltaron del camión para ayudar a sus familiares y fueron ejecutados por la espalda.

Los Einsatzgruppen subieron al otro camión con la misma expresión de congelada frialdad con la que habían bajado, y se marcharon por el tortuoso camino de tierra, detrás del camión de los hombres que acababan de dejar su corazón y su alma sepultados bajo la montaña de cuerpos que había quedado junto al muro de aquella casa, desde aquel momento, la más pobre de toda Ucrania.

“Quemadlo todo.” Dijo con una sonrisa maliciosa el personaje más siniestro que conocí en mi vida. Jamás olvidaré sus ojos al tirar la colilla al suelo, subirse al Kdf-Wagen, y marcharse de aquel lugar de muerte del que nadie sabía el nombre, perdido en mitad de ninguna parte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario