Russische Frauen für alle



—¡Yo creo que en Rusia hay una rusa para cada alemán!— La veintena de hombres que viajaban en aquel camión descapotable no pudieron reprimir una carcajada ante la ocurrencia de su compañero.

—¿Eso crees? —Respondió irónico el teniente.

—Por supuesto, oberleutnant, cada uno de nosotros tendrá la suya.

—¿Es que no te gustan nuestras chicas, Günter? Dijo en tono alegre un muchacho sentado tres puestos a su derecha.

—¡Claro que me gustan las alemanes!

—¿Entonces qué problema tienes? Declaró otro de los soldados en el mismo tono.

—¡Ninguno! Sólo digo que las rusas deberían ser parte del botín, ¿no creéis?

—¡Yo estoy con Günter! Exclamó uno en el banco frente a él.

—¡Tiene razón! ¡Somos nosotros los que nos estamos partiendo el culo lejos de casa! Apuntó con vehemencia otro apurando su cigarrillo. —¡Nos las merecemos!

—No creo que el Führer apruebe vuestros planes, chicos Dijo el teniente Beck con una sonrisa, mirando hacia el horizonte, hacia el oeste, hacia casa.

—¡Habrán rusas también para el Führer, señor! Se apresuró a apuntar el tal Günter —¡Él si quiere podrá tener más de una!
—¡Bravo Günter! ¡Así se habla!

Era imposible aplacar la euforia de aquellos chicos, pensaba el teniente. Habían hecho suya Polonia, y ahora penetraban en Rusia como un chuchillo incandescente en la mantequilla. Yerma, pobre, y desnuda, la estepa parecía infinita ante unos ojos como los suyos, tan acostumbrados a la frondosidad de su hogar en Baden-Wurtemberg, a los paisajes de la Selva Negra. Pero a cada kilómetro que dejaba atrás el camión Moscú estaba un poco más cerca.

—¿Y crees que al Führer le gustan las mujeres soviéticas? 

Preguntó el teniente pensando en la mujer y en la hija que había dejado en casa. 

—¿Y a quién no? Sabe qué, teniente, mi tío era músico y solía viajar mucho a Leningrado. Siempre me hablaba de la belleza de la mujer rusa. En una ocasión conoció a una cantante de ópera y me contó que…

—Espere un momento, Fromm…

—¿Qué ocurre, señor?

El camión se había parado en seco y con él las risas y el ambiente distendido. Entonces el teniente Beck se puso de pie con precaución para observar lo que ocurría en el resto de camiones por delante de ellos.

—¡Las mujeres rusas tendrán que esperar, Fromm! Exclamó sonriendo y dándole una palmada amistosa en el hombro al desconcertado soldado. —¡En pie muchachos, tenemos compañía!
Rusia estaba llena de sorpresas.

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