Falaise

No tengo forma de hacerte llegar esta carta pero necesito escribir. Necesito contarte lo que ha sucedido para que en Alemania se sepa la verdad.

Nos han cercado finalmente en Falaise. Hemos luchado lo mejor que hemos pedido pero la derrota ha sido inevitable. Cuántos estaremos aquí no lo sé, pero han sido capturada divisiones enteras.

No lo tomes como una cobardía o como derrotismo, pero todo hubiese sido mejor si nos pudiésemos haber retirado durante la primera quincena de agosto. Pero el Führer no lo creyó oportuno. No obstante, la decisión del general Hauser de sacar a sus tropas ha sido admirable.

De momento he de decirte que los canadienses no nos matan de hambre ni nos maltratan. En mi mal francés les pido cigarrillos, y sólo algunos se niegan y me miran con desprecio.

Mientras tanto nosotros fumamos y esperamos. No podemos hacer otra cosa. No sabemos que harán con nosotros, pero no quiero hacerme ilusiones con vuelta rápida a casa.

Siento que éste ha sido un duro golpe para nuestras fuerzas, y temo que a partir de ahora se nos vaya a hacer más difícil mantener nuestras posiciones en el norte de Francia.

Tal vez nunca leas estas líneas, pero si lo haces dile a todos que Alemania no se rinde, que los hombres del VII Ejército y del 5º Ejército Panzer no faltaron a su deber con la Patria y con la Raza. 

Sigue desempeñando tu labor tan bien como lo has venido haciendo hasta ahora. Cada vez que uno de nosotros cae herido me consuela pensar que éste puede estar horas después en tus manos.



Besa a mamá y abraza a papá.
Dile a Lise que la quiero,
y que cuide a nuestro pequeño ángel.


Tu hermano:

O. D.



Germany!

¡No te puedes ni imaginar la satisfacción que hemos sentido al cruzar el Rin! Ha sido una experiencia liberadora después de lo que pasamos este invierno en Bélgica.

Hemos sido el primer contingente en pisar Alemania. Tuvimos suerte de llegar al puente antes de que lo volasen los heinies. Llevan días haciéndolo, destruyendo todos puentes que pueden antes de que lleguemos. En éste los zapadores ya habían colocado las cargas. Pero atacamos rápido y los echamos antes de que pudiesen hacerlo.


Sabemos que no será fácil y que aún nos queda un largo camino hasta Berlin. Pero el haber irrumpido en casa del enemigo hace que te sientas más fuerte y capaz. A ellos se les ve cansados. Supongo que no será fácil estar constantemente en retirada. Cada vez hacemos más prisioneros. Y casi se diría que tienen más ganas que nosotros de que Hitler se rinda y acabe todo esto.




Me despido papá.
Que sepas que tu hijo es valiente.
Pronto estaré en casa.
Abraza a mamá.

C.W.


¡Expulsados!

Nadiuska, puedo anunciarte que acabamos de expulsar a las serpientes fascistas de nuestra patria. Huyen como perros apaleados, a veces dejando atrás su propio armamento, o sus propios camaradas heridos.

Dicen que pronto estaremos en Alemania. Yo no dudo de ello.

Invadieron nuestra tierra matando a niños y dejando morir de hambre y frío a pueblos enteros. Pero pronto todo el pueblo alemán conocerá la bravura del pueblo soviético. Siento que con cada alemán que mato estoy vengando a una familia que vio arrebatada y quemada su izba. En los cohetes y proyectiles escribimos lemas por nuestros camaradas muertos en Stalingrado y Leningrado. Toda la tropa está entusiasmada.

Yo sólo pienso en ti y en la patria. Lucho para que nuestros hijos un día puedan crecer fuertes y libres de las alimañas fascistas que una vez osaron alzarse contra nosotros. En los escasos momentos de calma te imagino, y cuando la fatiga se hace insoportable te echo de menos.

Abraza a mis padres. No olvides que te amo.



¡Por la Patria, y por ti!

Siempre tuyo…

Sasha


Caminar

Probablemente fue la gimnasia lo que me salvó la vida. Estaba acostumbrado al ejercicio físico, a correr, a caminar. Y ese era mi trabajo y el de tantos otros en Sachsenhausen. Teníamos la tarea más sencilla del campo: caminar. Caminar durante horas, sin turnos, sin pausas, sin destino; sólo caminar y caminar dentro de las botas de nuestros verdugos hasta que estos decidían que ya era suficiente. Pero normalmente la muerte y la fatiga decidían por ellos.

Cuando uno caía desplomado rápidamente otros prisioneros salían del margen de la pista y lo retiraban. Si todavía estaba vivo el guardia de turno lo ejecutaba de un tiro en la cabeza. Si por el contrario ya estaba muerto, se lo llevaban directamente fuera y los arrojaban a una fosa común. Pero antes, otro desdichado le quitaba las botas y se las ponía, ocupando su lugar.

Nunca sabíamos cuanta distancia recorríamos, pero un oficial de bata blanca apuntaba cada poco algo en su libreta. Contabilizaba nuestras muertes y examinaba las suelas de nuestras botas de vez en cuando. 

A veces señalaba a uno de nosotros, e inmediatamente el guarda le ordenaba detenerse. Entonces el prisionero tenía que pararse, quitarse las botas, ponerlas en la mesa del oficial que lo apuntaba todo, y abandonar el recinto. Nunca lo volvíamos a ver.

Era absurdo. Las nuestras eran las muertes más absurdas de Sachsenhausen. Caminar dando vueltas hasta la muerte mientras un rubio oficial de bata blanca registraba nuestra agonía.

Años después supe como nos llamaban. Éramos el Schuläuferkommando, el “batallón de los patinadores”. Si sobrevivió alguno más nunca lo he sabido. Nunca volví a ver a ninguno de mis “camaradas”.


Anschluss

¡Ayer lo vi! Ayer lo vi y sentí mi corazón latir tan fuerte que pensé se me iba a salir del pecho.

Pasó junto a mí con el brazo en alto, saludando a toda Viena que se reunía allí para recibirle. A punto estuve de ponerme en mitad de la calle y hacer frenar su automóvil. Pero me contuve. Me sentía bullir por dentro pero conseguí refrenar la emoción.

Ahora nuestra patria será más grande que nunca. Junto a Alemania seremos invencibles, ¡el Führer nos hará invencibles!

Quiero casarme con un joven y apuesto soldado alemán. Quiero que sea rubio igual que yo, y quiero tener muchos hijos con él. Quiero darle muchos hijos a la patria tal y como quiere el Führer.

Estoy emocionada. Sé que a partir de ahora nos va a ir muy bien a todos, que a Austria la seguirán muchas otras regiones y países deseosos de unirse al imperio más grande todos los tiempos. El Reich alemán de los mil años será el lugar ideal para que nazcan y crezcan nuestros hijos, sanos, seguros, y en paz.

¡Por hoy y siempre, LARGA VIDA A NUESTRO FÜHRER!

¡SIEG HEIL!


Dentro

Es esta estepa. Es esta maldita estepa y este mar de piojos que no te deja vivir.

El teniente dice que los nuestros ya están en camino, que el cerco no durará mucho tiempo, y que Manstein es mucho mejor que Zhukov, o que cualquier otro general soviético.

Pero pasan los días y tememos que los días se puedan convertir en semanas.

Tenemos toda la confianza en el Führer. Jamás nos ha fallado y ésta no será la primera vez. Nos sacará de aquí.

Pero no sé cuanto frío podremos soportar, cuántas heladas, cuántas ventiscas, y cuánta nieve tendrán que aguantar nuestros cuerpos hasta que vengan a rescatarnos.

Los piojos son peores que los rusos. Prefiero enfrentarme a ellos antes que a estas diminutas bestias. Estoy seguro de que los rusos han aprendido de ellos. Han aprendido a hostigarnos, a aparecer de la nada y no marcharse hasta habernos hecho retroceder y desesperar, a mofarse de nuestros intentos por sobrevivir a esta inmensidad salvaje y cruel.

Es esta maldita estepa…


Contra los rusos tenemos las balas de nuestros fusiles y los proyectiles de nuestros cañones, y cuando estos se agoten tenemos nuestros puños. Pero qué hacer contra este mar de piojos…



Al Cuartel General del Führer

Notificamos por la presente que la fecha fijada para la
operación Overlord, será la del 5 de junio. Se ordena la 
rápida movilización de todas las tropas hacia las zonas 
marcadas, en el extremo sureste de la Gran Bretaña, y s
anuncia que el general George S Patton queda así mismo
nombrado Comandante Supremo Aliado. Queda prohibida la
divulgación, en cualquiera de sus formas, de la presente
información, que a partir de estos momentos pasa a ser
ALTO SECRETO de la coalición de los Ejércitos Aliados.



Der kaffee

-¡Ah! ¿Así que a París?- exclamó Herr Grass con entusiasmo.

-Sí, Greta siempre ha querido conocer París, y qué mejor momento que ahora- respondió Herr Stromberg acercándose la jarra de cerveza a los labios.

-¡Sí, habéis escogido el momento idóneo para visitarla!- dijo Herr Grass tomando con alegría el periódico que había sobre la mesa.

"Deutschland über alles! La Wertchmach marcha triunfante por los Campos Elíseos" titulaba el Völkischer Beobachter.

-Me muero de ganas de ver otro desfile como ese- comentó Herr Stromberg.

-¡Por el Führer!- exclamó su amigo -Va usted en un viaje de novios, amigo mío. Lleve a Greta a un cabaret.

-No; no, nosotros sólo asistimos a espectáculos genuinamente alemanes.

-¿Y qué tipo de música crees que pondrán ahora en todas las salas de fiestas de Francia?

Los dos hombres rieron a carcajadas la ocurrencia y sus risas se unieron al bullicio de la cafetería. Había por lo menos un periódico en cada mesa y todos leían complacidos las noticias que llegaban desde el otro lado del Rhin.

-¡Camarero! ¡Otra jarra de la mejor cerveza bávara para mi amigo!

-¡Ahora mismo, señor!

-A ésta te invito yo.- dijo Herr Grass guiñando un ojo.

-¡Qué generosidad por tu parte!

-¡Hoy es un día para celebrar! ¡Por Alemania!- gritó Herr Grass poniéndose de pie alzando su jarra.

-¡Por Alemania!- rugió la cafetería al completo.

-¡Por el Führer!- animó otra vez Herr Grass.

-¡Por el Führer!- repitió Herr Stromberg seguido por toda la cafetería.

-¡Y por mi amigo que se acaba de casar! ¡Que su matrimonio sea la mayor de sus victorias, y que la vida de casado no se le convierta en una batalla!

La broma puso la guinda al inmejorable ambiente que reinaba en la cafetería y todos rieron y agitaron sus jarras de cerveza antes de volver a sus conversaciones.

-Ya te la devolveré cuando te cases- le dijo Herr Stromberg a su amigo con una mirada pícara.

-Pues puede que no sea muy tarde - rió Herr Grass - Sólo que en mi luna de miel pienso irme a Moscú.

-No creo que a Heike le guste pasar su viaje de bodas rodeada de bolcheviques- apuntó Herr Stromberg.

-¡Para entonces ya no quedará ni un bolchevique, amigo mío!

-¿Sabes qué? Tienes razón, Sieg Heil entonces.

-Sieg Heil!- dijeron ambos alzando sus jarras.





Las Ardenas

Querida Martha:

Hace más frío del que puedas llegar a imaginarte. Esto no se parece en nada al peor de los inviernos de Texas. Nieva constantemente, y los alemanes tienen la odiosa costumbre de atacarnos siempre por la noche.

¿Te acuerdas de Billy, el muchacho de Michigan sobre el que te escribí? Ayer murió mientras repelíamos un ataque. Estaba a un metro de mí cuando fue alcanzado. No dejo de pensar que aquella bala podría haber estado destinada a mí. Tal vez lo estaba, pero la mala puntería del tirador hizo que acabase en su cuello.

Si estuvieses aquí comprobarías la ironía de la muerte y de la vida. Gracias a él tengo botas nuevas, las suyas. Las mías estaban tan podridas que se caían a pedazos y dejaban entrar todo el hielo por la parte delantera. 

También estaría genial conseguir unos buenos calcetines de lana. Pero no quiero pedir demasiado; es más, me conformo con lo que tengo. Me conformo con seguir entero y vivo.

Hace dos días tuvieron que amputarle el pie a un muchacho de Nueva York. Quería llegar a la liga de béisbol y jugar en los Yankees, pero me temo que ya no podrá.

El frío y la guerra son dos socios muy buenos. Sin reparos ambos se proveen de víctimas.

Se acerca la Navidad y confío en que estés rodeada de toda la gente que amas. Yo sólo espero que me mandes todo el amor y el calor que puedas darme.

Sueño con tu próxima carta…

Eternamente tuyo…


E. R.


Saint-Lô

Me hace gracia lo que cuentan los periódicos. Hoy Baker llegó blandiendo orgulloso un ejemplar del New York Times de hacía unos días. Nos retrataban como a héroes. La foto de cuatro de nosotros sobre una pila de escombros desplegando una bandera nazi culminaba seis páginas de reportaje sobre Saint-Lô.


En casa no saben que los hombres de la foto perdieron a la mitad de su compañía tomando cuatro edificios derruidos a los que no les importaba quienes fuesen sus dueños.

Sus sonrisas nerviosas delatan todo el horror que reprimen para la instantánea. En casa ni se imaginan cuanta sangre costó tomar Saint-Lô.

Okinawa

Teníamos tanto sueño que ni bostezábamos. Eso había quedado atrás hacía mucho tiempo. En aquel agujero en la piedra, dentro de otra enorme piedra volcánica en forma de isla que flotaba sobre el mar, la vida pasaba distinta a como pasaba en las calles de Nueva York, en la alegre Nueva Orleans, en la siempre difícil Chicago, en Boston, en Houston, en San Luis…



En Okinawa desayunábamos, almorzábamos y cenábamos metralla.

A veces era una sola detonación en la noche, y después, el silencio. Entonces sabíamos que el artillero japonés había sido certero y que acabábamos de perder a tres o cuatro compañeros en un segundo. Tres o cuatro vidas que habían tardado dos décadas en crecer y formarse, para después llegar hasta allí y desaparecer en la Historia en un solo segundo.

Otras, era el siniestro martilleo de una ametralladora enemiga, la respuesta de nuestra Browning; y después, el sonido de las armas sustituido por unos gritos que desgarraban la noche. Resultaba curioso, pero en japonés y en inglés el dolor se oía distinto.