Kinderkrieg

Yo tenía catorce años, y mi compañero creo que doce, no lo recuerdo bien. Se llamaba Hermann, y era de Renania. No hacía ni una semana que lo habían reclutado y estaba asustado. Yo llevaba un subfusil MP40, y el un fusil Mauser y dos granadas de mano en el cinto. Ese era todo nuestro equipo. Munición teníamos la justa y apenas sabíamos usar aquel material. Recuerdo que yo llevaba unas botas dos tallas más grandes, y Hermann una guerrera que le caía por debajo de la cintura.

Se nos había ordenado defender una de las calles paralelas a Unter der Linden, no recuerdo su nombre. Era más de mediodía y corrimos como pequeñas ratas entre los escombros hasta colarnos en la planta baja de un edificio a través de un boquete que la artillería había producido en la fachada. Los disparos no dejaban de escucharse por toda la ciudad.

Llegamos al piso superior, totalmente devastado como la planta baja y yo asomé la cabeza por la ventana esperando a que apareciesen los rusos.

“¿Qué hacemos?” Recuerdo la voz de Hermann como si hubiese sido ayer.

Yo estaba igual de asustado que él pero intenté tranquilizarlo: “Tranquilo, solo esperar.”

“¿Y después?” Llevaba reprimiendo el llanto desde que habíamos entrado en el edificio, y podía escuchar su respiración agitada a mi lado.

“Después disparamos.”

Yo soy de Sttugart. Mi padre había muerto cuatro años atrás en el Ostfront y desde entonces yo había jurado vengar su muerte. Yo era un poco más alto y me consideraba más fuerte que la mayoría de muchachos de mi edad. Así que cuando los rusos entraron en Alemania solicité alistarme en la Wehrtmacht. No pasó mucho tiempo hasta que me aceptaron. Aunque no fue allí a donde me mandaron. La Volkssturm no era lo que yo quería, yo quería el ejército regular, quería honrar a mi padre formando parte del mismo cuerpo que él. Pero las ganas de venganza eran más fuertes que todo eso, y cuando me pusieron un arma en las manos no me importó el cuerpo al que pudiese pertenecer y me comprometí a matar todos los rusos que pudiera.

“Ahí están.” Dije casi en un susurro.

Tres rusos aparecieron por la esquina y comenzaron a correr sobre las pilas de cascotes tal y como habíamos hecho nosotros minutos antes. No era la primera vez que veía al enemigo, pero si era la primera vez que tenía que enfrentarme a ellos en soledad, sin depender de las órdenes de nadie. La única orden que teníamos Hermann y yo era defender (sacrificando nuestra vida si hacía falta) aquella calle que conectaba con la principal avenida de Berlín.

Ahora sé que cometí una estupidez, pero en aquel momento, cuando vi a los rusos correr bajo mi ventana, no me lo pensé dos veces y disparé. Mi ráfaga fue a caer varios metros más allá de donde se encontraba el objetivo, pero fue lo suficientemente indiscreta como para revelar nuestra posición. Entonces Hermann me agarró del brazo:

“¿Qué hacemos?” Repitió todavía más asustado.

Empezamos a escuchar los pasos apresurados de los rusos por las escaleras. Hasta entonces yo no había escuchado su idioma tan de cerca, y por los gritos y órdenes que intercambiaron su lenguaje me pareció vulgar y sucio. Como todos los jóvenes de mi generación, estaba tan absorbido por la propaganda nazi que aquellas voces no hicieron más que reafirmar mi odio hacia el bolchevique.

“¡Prepárate!” Le dije a Hermann.

Me sentía inflado, hinchado de mí mismo, poseído por una repentina sensación de liderazgo que interfería con mi miedo, con mi odio, y con mi sed de venganza. Todas aquellas sensaciones se mezclaban dentro de mí causándome un gran malestar. Tan solo tenía catorce años, pero desde aquel momento ya estaba destrozado, ya estaba marcado por la barbarie y por la guerra como si fuese un experimentado veterano.

El ruso asomó por la puerta y yo disparé sin dudarlo. Lo alcancé y retrocedió chillando, escondiéndose tras la pared. Escuché su lamento de dolor, escuché como me maldecía, como maldecía a aquel maldito niño alemán al que había venido a matar. La pared no era demasiado gruesa, y si hubiese vuelto a disparar sin duda hubiese acabado con su vida, pero la tensión del momento no me dejó percatarme de ello.

“¡Vamos!”

Agarré a Hermann por la guerrera y echamos a correr por el destrozado apartamento. Abrí varias puertas a patadas y empujones, temblando de pies a cabeza, dejándome llevar por la histeria y el pánico. Llegamos a una cocina y maldije mi mala suerte cuando no encontré otra puerta que derribar. Había llegado a un callejón sin salida. Me había perdido en mi propia ratonera. Hermann me miraba aterrorizado, buscando en mí un gesto o una palabra de esperanza. Pero no la encontró. Ahora yo estaba igual de desesperado que él.

Los otros dos rusos nos habían seguido, y cuando quise retroceder un disparo impacto en el marco de la puerta, a escasos centímetros de mi cabeza. Entonces cerré de un portazo y me quedé jadeando, con los ojos muy abiertos, paralizado, intentando analizar todo lo que había pasado, digiriendo que había disparado, y puede que matado a un hombre por primera vez, y que iba a morir.

Podíamos escuchar a los rusos al otro lado de la puerta, sabíamos que en cualquier momento iban a entrar. Ellos eran dos, dos hombres expertos, y nosotros solo dos niños asustados. Yo temblaba de arriba abajo. El alarido de dolor de aquel hombre al recibir mis balas aún flotaba en mi cabeza. Hermann seguí mirándome, esperando una orden o una reacción, pero yo solo tenía los ojos clavados en aquella puerta.

“¡Debemos salir de aquí!” Dijo, e inmediatamente después un fuerte golpe sacudió la puerta.

“¡Thomas, Thomas!” Hermann dejó caer su fusil, se puso delante de mí, y comenzó a zarandearme por los hombros.

Las patadas de los rusos contra la puerta continuaban, y yo seguía en estado de shock. En unos segundos irrumpirían en aquella habitación, en aquella cocina que iba a ser nuestra tumba.

“¡Thomas!” Chilló Hermann por última vez y el característico sonido de una ametralladora soviética atravesó la puerta. Hermann se llevó todas las balas.

Caímos, o más bien Hermann cayó sobre mí. Me hizo trastabillar y acabamos los dos en el suelo, yo boca arriba mirando al techo, y el encima de mí, en una fraternal postura, con las manos en el suelo junto a mi cuerpo, queriendo darme un último y triste abrazo. “Thomas…” Entre espasmos, susurró mi nombre por última vez junto con algo que nunca llegué a comprender. Después intentó levantarse, pero no pudo.

Los rusos dispararon una segunda vez para asegurarse. Pero esta vez las balas no encontraron en su camino un cuerpo blando y noble como el de Hermann, sino los fríos e indiferentes azulejos de la pared, que cayeron en una lluvia quebradiza cerca de mi cabeza. Yo seguí con la mirada clavada en el techo, notando como la cálida sangre de mi compañero empapaba mi abdomen.

La puerta se abrió por fin con una nueva patada y nuestros dos verdugos irrumpieron en aquel improvisado matadero.

Nunca olvidaré aquella cara.

Uno de ellos se inclinó sobre mí mostrando la sonrisa sardónica más terrorífica que jamás había visto, dejándome ver sus marcadas facciones asiáticas. No era solo un extranjero, era un demonio, un ser venido de los confines del mundo para acabar con Alemania.

Su compañero me quitó el cuerpo de Hermann de encima y lo dejó caer a mi lado. Probablemente mi joven camarada de Renania había quedado con la misma expresión que yo, boquiabierto, y con los ojos abiertos como platos, en una expresión más propia de la demencia que de la muerte, y probablemente fue eso lo que me salvó la vida.

En un último gesto de crueldad el demonio asiático me dejo ver su fila de dientes desiguales, acercó tanto su cara a la mía que pude sentir la fetidez de su aliento, y me apuntó directamente a la cara con su pistola. Entonces el otro le dio un empujón y los escuché alejarse, hablando aquella lengua del diablo, riéndose, burlándose de nuestra suerte y del destino de Alemania.

Pasaron días o pasaron horas, no lo recuerdo. Pero cuando volví en mí, el cuerpo de Hermann estaba gris, y rodeado de moscas, y la guerra había terminado.


Mis chicos

Éramos nosotros y esa playa. Nunca olvidaré sus caras en esos últimos antes de que bajara la rampa. Estaban asustados, todos lo estábamos, y es que ya podíamos escuchar el repiqueteo de las ametralladoras alemanas, y los gritos de nuestros compañeros dando órdenes y muriendo en la playa.

-¡Allá vamos, muchachos!- grité con una leve sonrisa intentando animarles.

La mitad de los hombres de aquella lancha de desembarco, la mitad de mis chicos, ni siquiera llegarían a pisar suelo francés. En aquel preciso instante, mientras el mareo les hacía vomitar, y se agachaban intentando esquivar los disparos que ya impactaban en el acero de la lancha, en aquel preciso momento, ya muchos estaban condenados.

Yo era su sargento, y ellos eran mis muchachos. Me sentía responsable de la vida de todos ellos. Jóvenes que habían dejado sus universidades y sus equipos de béisbol para servir a su país. Yo ya había visto la muerte en África, pero ellos veían ahora por primera vez el infierno.

-¡Atentos!- grité pero la lluvia de balas era ya tan intensa que apenas fui capaz de escuchar mi propia voz.

Entonces me jugué la vida, como tantas veces en aquella mañana y durante los meses siguientes, y asomé la cabeza por encima de la lámina de acero que segundos después caería y nos lanzaría a la muerte. En un solo vistazo me dio tiempo a ver como nos aproximábamos a la playa, y como había varias lanchas como la nuestra varadas en la arena, con parte de sus tripulaciones flotando bocabajo junto a ellas.

-¡Preparados para salir!- dije todavía sin creer el horror del desembarco de la primera oleada.

A mi espalda se escuchaban rezos y lamentos, y entre estos escuché el desagradable sonido de una arcada. Miré por encima de mi hombro derecho hacia atrás justo en el momento en que la embarcación sufría un súbito frenazo y la rampa bajaba.

Jamás olvidaré la cara de aquel chico, ni su nombre, ni su edad, ni de donde venía. Jamás olvidaría a todos los hijos que perdí en aquella playa. Marcus Craig había trastabillado en el momento más inoportuno y se había vomitado encima. Trataba de incorporarse y recoger su fusil cuando de repente, tres disparos impactaron en su cuerpo, devolviéndole para siempre al suelo de la lancha. Entonces volví a mirar al frente y justo en ese momento una bala silbó perdonando mi mejilla. No sé si muchos podrán decirlo, pero yo vi aquella bala. La vi en pleno vuelo, yendo a penetrar en el cuerpo de algún hombre a mi espalda.

-¡Fuera!- fue lo único que acerté a decir en aquellos momentos en los que seguí con vida mientras mis chicos morían.

Vi a los dos hombres que tenía a mi lado bajar la rampa y caer abatidos inmediatamente, y a otros tres pasar corriendo a mi lado y arrojarse a la arena.

-¡Saltad, saltad!

Dudo que llegasen a escucharme. Valiente o cobarde me arrojé por la borda de babor y todos los que seguían con vida imitaron mi acción con más o menos éxito.



Caí al agua como un peso muerto. Me revolví varias veces mientras me hundía, completamente desorientado, sin saber donde estaba la superficie y donde el fondo. Hasta que finalmente me hice con el control de mi propio cuerpo y nadé. O al menos lo intenté bajo el peso de todo mi equipo. Y me volví a hundir. Tragué agua, la superficie volvió a alejarse rápidamente, y mis botas tocaron el fondo arenoso. Me impulsé sacando fuerza de donde no las tenía, y en mi nuevo camino a la superficie varias ráfagas de disparos se internaron el agua. Por delante de mí, otros hombres en mi misma situación fueron alcanzados, y pude ver el agua teñirse de rojo en torno a ellos mientras progresivamente sus cuerpos dejaban de agitarse. Yo llegué arriba, y justo cuando mis pulmones volvían a llenarse de aire, una punzada de dolor estremeció mi brazo derecho. Volví abajo, pero esta vez el descenso fue mucho menor. Me había ido acercando a la orilla y ahora ya daba pie.

Coloreando el agua de rojo, jadeando, y luchando por no volver a hundirme, llegué a la orilla. Gateé, me arrastré tosiendo expulsando todo el agua que había tragado, y finalmente me dejé caer junto al cuerpo sin vida de un hombre. Las ametralladoras no habían dejado de disparar un solo segundo. Hoy, todavía las escucho cuando hay completo silencio.

Desorientado, exhausto, y habiendo perdido mi fusil y casi todo mi equipo, en aquel momento solo podía pensar en mis chicos. Pensaba en levantarme y reunir lo más pronto posible a mis muchachos, a los que aquella playa no se hubiese tragado. En cuanto a mi brazo, solo supe que había estado luchando con el bíceps desgarrado muchas horas después, cuando un sanitario se percató de la herida.

Ahora, tantos años después, todavía recuerdo la cara de aquellos niños antes de morir. Y recuerdo como horas antes en el desayuno devoraban salchichas y charlaban animadamente sin saber que muchos de ellos nunca volverían a casa. He tenido la fortuna de sobrevivir, y el privilegio de tener tres maravillosos hijos, pero cada vez que los abrazo me viene a la mente el recuerdo de todos los que perdí en Omaha.